Percibimos los procesos como un "algo que ocurre" de manera invisible. Nos han enseñado que lo procesual no existe. Siempre es una llegada, un fin, una lucha ganada o perdida. Un pasado que no tiene sentido de ser contado. Nuestras lucha no importan, lo aplicamos a nuestra percepción, a nuestra manera de construir realidades. ¿Cómo nos sentimos? La práctica de reflexionar se volvió privilegio. Profundizamos de forma limitada. Quiero huir, adentrarme de nuevo a los pensamientos en los que la inocencia y la esperanza fluían continuamente. Y AHORA, NADA DESAPARECER AÚN SIN PODER ESCRIBIR ...
Me prometí dejar de llorar algún día. Fracasé ante tal absurdo. Corrí, busqué indefinidamente ese día, no lo encontré. Me moví más rápido que el tránsito, pero me agoté fácilmente. Dejé que mi cuerpo vuele con la brisa de las 6 a.m, el reloj nunca dio esa hora. No comí por días. Las breves horas de sueño eran un continuo de escenas metatextuales, metacotidianas, autoplagio, reflejo de mi inalcazable búsqueda. El día en que ya no llore más , pensaba. Una y mil veces. Fijé los ojos en las las nubes, las perseguí hasta el horizonte. De repente, un borde visual. Hasta ahí. Sin aliento y fuerzas, volví al punto de partida y lloré. Las lagrimitas se agolparon en el párpado inferior, amenazando con invadir mi rostro.
-¿Acaso hubo búhos acá? Decime, María! ¿Quién?, ¿Quién estuvo?- La puerta estaba entreabierta, María no era una doncella y eso, el viejo miope, no podía comprenderlo. -Búhos… Y hasta lechuzas!- Gritó María. María, puta, libre y felíz, empujó al viejo y se fue con la esperanza de que algún carroñero la abrace. -Oirás orar a Rosario!!!!- Gruñó el viejo, maléfico.
Comentarios
Publicar un comentario